Es como cuando vas a una casa abandonada. Es obvio que hasta
que tú entras, está solitaria esperando que la habiten. Pero cuando pasas es
diferente. A medida que vas accediendo por cada habitación las llenas
morbosamente con fantasmas, monstruos, y
demás historias que la pueblan y que en su mayoría no han existido.
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sábado, 9 de noviembre de 2013
domingo, 22 de septiembre de 2013
Me recomendaron el uso de la tercera persona.
Y ella se ha vuelto a
quedar sola, ha vuelto a encender y a apagar su lamparita, ha vuelto
a reflejar una luz intermitente en sus cortinas. Como si eso pudiese
divertirle, como si pudiese jugar con Edison.
Se ha quedado retenida
en las gotas de agua y cloro que descienden por su espalda, en las
semillas que vuelan después de soplar un deseo. Se ha quedado
embelesada en ese beso de sol, en ese que empieza cuando se pone a la
altura de sus ojos y termina cuando acaban de caer todos los
crepúsculos. Ella se ha quedado colgando de las notas de los grillos
y se ha sepultado en un féretro de lluvia de tormenta. Ella se ha
quedado, esperando, otra vez...
A una luna que la recoja
de madrugada y la lleve directa hacia el invierno. Sola, en el arcén
de una carretera olvidada de asfalto aún humeante. Con una maleta
llena de secretos y de folios que aspiran a ser novelas.
Y no se da cuenta de que
ella no es la que espera, sino que la esperan a ella misma. Que no se
resigna a aceptar que acabe ese beso de sol y que, para salir de ese
féretro de lluvia, tiene que mojarse.
Así que sigue apagando
y encendiendo su lamparita, con el eco de su voz revoloteando aún en
sus oídos y el regazo dispuesto a recibirle, aun a sabiendas de que
va a llegar tarde, de que le faltan, todavía, tres estaciones...
JC
viernes, 13 de septiembre de 2013
Navegar en un mar, sin rumbo.
En el fondo de un mar [ahora] en calma
se divisa el reflejo de una luna.
En él navega mi perdida alma,
buscando, no se dónde, fortuna.
No hay timón para guiarme,
solo una triste veleta.
Así que dejo que me guíe el aire,
esperando no hallar mas islas desiertas.
se divisa el reflejo de una luna.
En él navega mi perdida alma,
buscando, no se dónde, fortuna.
No hay timón para guiarme,
solo una triste veleta.
Así que dejo que me guíe el aire,
esperando no hallar mas islas desiertas.
Jack.
viernes, 2 de agosto de 2013
Todos somos Dorian Gray.
El escaso pelo blanco,
sin peinar, deja al descubierto la mayor parte de un cráneo
envejecido, con manchas, y se permite caer en dos largas patillas
junto a las sobresalientes orejas. Le miras las manos a ese pobre
diablo, y ves que la piel ya cuelga de ellas de forma flácida,
pálida, y que incluso la pelusa que las recubre es también canosa.
Te imaginas tomando esas manos y, al punto, un escalofrío sacude tu
columna. Su columna.
Pobre, pobre y viejo
diablo. Sentado en una silla, con un elegante traje negro que parece
más bien un disfraz. Como los ridículos impermeables que les ponen
a los perros. La piel que esconde ese traje ya no sabe ni lo que la
está cubriendo. No hay hombre en esa silla al que se pueda trajear.
Su carne informe apenas puede sostenerse bajo la ropa, y se va
cayendo silla abajo, como derritiéndose, como se escurre el magma
bajo nuestras sólidas aceras. Es todo apariencia.
Sonríe, todavía tiene
dentadura. Quiere hablar contigo, y lo hace con una voz
sorprendentemente joven, aunque avinagrada. Te cuenta muchas cosas,
pero no recuerdas una palabra. Solo sientes cómo el miedo emerge
desde una semilla en tu estómago, y crece como se despereza una
enorme serpiente, solo que dentro de ti. Y echa unas ramas desnudas y
deshojadas que azotan y se meten entre tus costillas, y te arañan
por debajo de la piel, hasta que envuelven tus pulmones y te
asfixian. Mientras tanto, sus ojos saltones, azules, inyectados en
sangre, mantienen presa a tu mirada de la suya. La angustia llega a
la altura de tu corazón, pero no se digna a tocarlo, porque está
sucio, viscoso, empapado, es venenoso incluso hasta para su veneno.
Por un momento, deseas que esa serpiente y ese árbol que te ahogan
se lo coman, lo estrujen, lo destrocen, para no sentir un latido más,
una campanada más que sacuda los lagos de ponzoña de tu cuerpo.
Pobre, pobre diablo el
que te mira.
De una patada, rompes el
espejo, y en cada fragmento y esquirla, como en miniatura, ves al
viejo levantarse y marcharse. Ya no está, ya se fue. Mientras
recuperas el aliento, te estiras las mangas de la camisa y revisas
sus gemelos. Acaricias tu traje negro para sacudirle el polvo y te
levantas. Te habría gustado abrazar a ese pobre diablo, quitarle su
disfraz, cortarle el pelo, meterle en la bañera, y cuidarlo, y
convertirlo en un anciano dulce y filosófico. Pero, cada vez que
piensas en tocarle, un escalofrío sacude tu columna. Ya es tarde,
piensas. No merece la pena. No es real.
Tu cuerpo está
perfectamente. Terso y joven. Y tu alma está encerrada en él, y no
se ve, no es cosa suya. ¿Por qué aún tienes ganas de echarte a
llorar como un niño? ¿por qué aún ves arrugas en tus manos, por
qué ves aún tu alma desgastada en cada espejo?
Te mueres, lo sabes. Te
estás matando tú solo. Alma y cuerpo, caricias y manos, cielo y
alas. Inútiles los unos sin los otros.
Pero tú sigues pensando
que son dos cosas distintas. Y cuando la voz de tu conciencia termine
de envejecer y de morirse, y se apague, los latidos de tu corazón
seguirán sacudiéndote, no te preocupes. Estarán ahí, como el eco
vacío de un túnel solitario; como el apagado murmullo de un
vagabundo en una noche de invierno; como el silbido constante de una
máquina que alguien ha dejado encendida inútilmente.
JC
miércoles, 31 de julio de 2013
Un día triste.
Joaquín Alonso llegó a
la parada de autobús dos minutos después de que comenzara el
aguacero de verano. Ésta parecía ser muy antigua, con un techo de
viejas tejas rojas y un banco de piedra adosado al pequeño muro.
Llevaba arrastrando los vaqueros, y ahora la humedad había trepado
por ellos desde el suelo hasta las rodillas. Con un soplido de
cansancio, cerró el paraguas.
En ese momento vio a una
joven sentada en el extremo del banco. Llevaba puesto un vestido beige con un estampado discreto de pequeños motivos florales. No se había
mojado. Su rostro se volvía hacia la izquierda de la carretera.
Joaquín se remangó la
camisa para poder mirar su reloj digital. Llegaba cinco minutos
tarde.
- ¿Ha pasado ya el
número tres? - preguntó, acercándose a la chica.
- No, todavía no. Yo
también estoy esperándolo.
- ¿El de Oviedo? -
inquirió Joaquín, extrañado. Era un trayecto largo el que pasaba por aquel pueblo de la provincia
Madrid, pero la joven no llevaba equipaje. Temía haberse
equivocado al mirar el número del autobús en la página web de
la compañía de transportes.
- El mismo.
Alonso se encogió de
hombros, como tantas veces había hecho en la vida. Quizás aquella chica planeaba escaparse de casa. En
cualquier caso, le era indiferente. Se preguntó si le daría tiempo
a fumarse un cigarrillo, y finalmente decidió sacar el paquete de
tabaco.
Pasaron el cigarrillo y
quince minutos y el autobús no venía. Joaquín Alonso, junto con su
maleta, esperaba en el otro extremo del banco. Su mirada, perfilada de arrugas
suaves y recién aparecidas, se hallaba perdida en el campo que tenía
en frente, en el pueblo rural que dejaba tras de sí, para siempre.
No sentía tristeza ni melancolía, simplemente le encantaba observar
el verde recién bañado, degustar el olor a tierra mojada...
Pensando en verde
bañado, escuchó un sollozo a su izquierda. Sorprendido, vio de
reojo cómo la joven había empezado a llorar. La pobre chiquilla,
con las manos temblorosas encerradas en guantes de tela granate, a
juego con el estampado, sacó un pañuelo de su pequeño bolso y
enterró la cara en él.
Joaquín Alonso volvió
a encogerse de hombros, como tantas veces había hecho en la vida, y
sacó su teléfono móvil del bolsillo para entretenerse. Tenía un
sms en la bandeja de entrada que no tardó en contestar:
“No pasa nada, tío.
Son cosas de la vida. No te preocupes por mí, estoy de puta madre.
Esta noche ya estoy allí.”
Suspiró y se encendió
otro cigarro. Veinte minutos después, la joven ya no sollozaba, pero
sus ojos verdes seguían recién bañados en lágrimas.
- ¿Estás segura de
que no ha pasado? - se atrevió a preguntar.
La chica asintió.
Joaquín Alonso se
estaba poniendo nervioso. No sabía cómo actuar. Seguía lloviendo.
Se sentía atrapado entre tantas gotas de agua, tanto fuera como
dentro de la parada... Finalmente se puso en pie, algo torpe, y se
acercó a ella.
- ¿Te encuentras
bien?
La joven negó con la
cabeza, todavía con el rostro vuelto hacia la izquierda de la
carretera.
- Se me han acabado
los pañuelos. - respondió.
Alonso tumbó su maleta
sobre el suelo de cemento, la abrió y sacó otro paquete de pañuelos
para ella.
- Gracias.
- De nada.
Se quedó allí de pie,
indeciso.
- El próximo autobús
no pasará hasta dentro de tres horas. - le informó, por primera
vez, sosteniendo su mirada. El rímel se había mezclado con las
lágrimas al borde de sus ojos.
Joaquín resopló,
conteniendo una palabrota. Tres horas. ¿Qué demonios iba a hacer?
Ya no podía volver a casa.
- No importa. - dijo
agriamente, y se sentó a su lado.
- Supongo que no. -
coincidió la chica.
- ¿Cómo te llamas?
- Paula.
- Encantado.
- Igualmente.
Paula se quedó
observándole detenidamente, como si antes no se hubiera percatado de su
presencia. Un pelo castaño se había quedado enganchado en la
comisura de sus labios tristes.
- Ya que no tenemos
nada que hacer, podrías contarme por qué llorabas. - propuso
Joaquín Alonso, con una sonrisa amigable en la cara.
- Es una historia muy
larga.
- Tenemos un rato muy
largo.
Paula sonrió, pero su
mirada verde seguía bañada en lágrimas.
- ¿Acaso entenderías
algo?
- Soy arquitecto. Creo
que algo podría entender.
- ¿Cuántos años
tienes? - preguntó ella.
- Treinta y tres.
- Demasiado mayor
para entender. - comentó Paula, divertida.
- No veo por qué. -
contestó Joaquín, algo perplejo.
- Porque seguramente
hayas pasado los años del fracaso. - respondió la joven.
- ¿Los años del
fracaso?
- Los años en que
todos los sueños adolescentes se derrumban y se rompen,
partiendo con sus esquirlas a cada uno el corazón. Los años en que
aparecen en este escenario universal por primera vez el conformismo
y la resignación, el escepticismo y la vulgaridad, para aquellos
pocos poquísimos que no han nacido ya con ellos, tan grandes
defectos.
Hablaba tan claramente,
disfrutando tanto cada palabra, que a Joaquín se le antojaba como si
la chica estuviera leyendo en voz alta su libro favorito, sin un
titubeo, sin trabarse nunca. Las palabras deberían tratarse siempre
así, pensó Joaquín. Con cuidado, por si las caricias que las
hacemos se convierten en arañazos. Desnudándolas, cariñosamente,
armonizándolas, invocando su belleza y la complejidad de sus
significados.
- Pues por cómo
lloras, juraría que a ti te acaban de partir el corazón. ¿Es este
el comienzo de tus años del fracaso? - arguyó Joaquín, un poco a
la defensiva, pero sin contradecirla.
- ¿De verdad crees
que quien ha inventado el término “años del fracaso” puede
acabar cayendo en ellos? - Paula negó con la cabeza. - Mi historia
es más compleja y más interesante que la de las amarguras de los
adultos.
- Te escucho.
Y vaya que si escuchó.
Las agujas de su reloj giraron y giraron, sin que él apenas se
percatara. Sólo existía el espacio entre sus temblores de voz al
contar la triste historia. Joaquín Alonso nunca olvidaría aquella
tarde, atrapado entre gotas de agua, en verde recién mojado, en
atmósfera de tierra húmeda.
Cayó la noche, y por fin, el autobús
número tres surgió de entre la oscuridad.
Paula se levantó y se
puso a estirar su vestido. Con una sonrisa de inmensa alegría, se
acercó a la puerta del autobús. Antes de que ésta se abriera, se
volvió por última vez hacia Joaquín Alonso:
- ¿No vienes?
El hombre negó con la
cabeza, incapaz de deshacer el nudo que tenía en la garganta.
- Que te vaya bien. -
le deseó la chica.
- Igualmente. -
consiguió responder.
Joaquín Alonso se quedó
media hora mirando hacia la derecha de la carretera, allá donde el
vehículo había desaparecido. No, no se iría con él.
Se levantó, sacó su
paquete de tabaco, lo aplastó y lo tiró a la carretera. Ya no
volvería a necesitarlo. Después reventó la piedra del mechero y
también lo tiró.
Borró todos los sms de
su bandeja de entrada. Volvería a casa. Le diría a su recién
adquirida esposa que ya no iba a marcharse. Que había cambiado de
idea. Quizás, si le contaba aquella larga y triste historia, le
perdonara.
Solo tenía que empezar
su vida de nuevo. Volver a empezar, sin caer en esos años de
fracaso.
JC
miércoles, 17 de julio de 2013
Perdido.
Estar perdido en un laberinto.
Por cada pasillo un sentimiento.
No sé ni donde ir, ni de donde vengo;
Ya no sé ni por qué existo.
Me persiguen mil lamentos:
si me paro, me hundo de nuevo.
Solo puedo seguir recto,
perdido, entre estos muros.
Jack.
jueves, 4 de julio de 2013
Hoy.
Hoy este día de verano
se convierte en otro de invierno.
Hoy he perdido, en vano,
todas mis ansias de sueños.
Hoy te he soltado de la mano.
Hoy te dedico estos versos…
Jack.
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