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viernes, 20 de diciembre de 2013

Entre lagrimas y besos.

A la incertidumbre de un silencio,
de  esos etéreos y eternos,
Le penetró un recuerdo.
Seguido de buenos y malos momentos.
Una sonrisa , un lamento,
miradas, deseos, miramientos....
Y entre ese ajetreo y tanto pensamiento
Te encontré a ti.
Entre lágrimas y besos.



Jack.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Lluvia.

Llueve, llueve intensamente.
Pero hoy no llueve en la calle,
ni tampoco en mi habitación.
La lluvia golpea fuerte en mi mente,
y el que se inunda es mi corazón.
          ¿Por que?
Quizás no haya razón alguna.
O quizás sea esta hambruna
de sentimientos y calor.



Jack.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Eres tú.


Vivimos con una bestia dentro de nosotros mismos.

Parecemos tan templados, tan fríos, tan elegantes, tan recatados, tan razonables, tan estables; y es irónico, estando sujetos como marionetas por las zarpas de un animal. Latidos, los débiles ronquidos de este ser que duerme, que duerme tanto como para hacer que nos permitamos el lujo de pensar que ya no existe, que ha decrecido, que es un cachorrito recién nacido.

No importa cuán larga parezca la noche, no es noche sin alba que acabe con ella.

No te esperas que despierte, pero ocurre. Y sus uñas desgarran de arriba abajo el guión que tenías hecho de ti mismo, dejándolo hecho jirones; carga contra los cimientos de tus razones hasta hacer de ellos escombros entre las lágrimas; levanta en su carrera la arena que te araña la garganta; derrumba las bóvedas que ordenan los pasillos de tu alma.

Escucha cómo ruge, cómo salta, cómo araña, cómo duele, cómo lucha empujando tus costillas para salir de lo más profundo de ti.



Siéntela.


¿No es maravillosa?

JC

sábado, 9 de noviembre de 2013

Mentes abandonadas.

Es como cuando vas a una casa abandonada. Es obvio que hasta que tú entras, está solitaria esperando que la habiten. Pero cuando pasas es diferente. A medida que vas accediendo por cada habitación las llenas morbosamente con fantasmas, monstruos,  y demás historias que la pueblan y que en su mayoría no han existido.

Lo mismo pasa con las mentes muchas veces. Después de tanta soledad, al habitarse se van poblando de monstruos, monstruos que en realidad no existen. Pero no por ello son menos fieros.



Jack.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Me recomendaron el uso de la tercera persona.



Y ella se ha vuelto a quedar sola, ha vuelto a encender y a apagar su lamparita, ha vuelto a reflejar una luz intermitente en sus cortinas. Como si eso pudiese divertirle, como si pudiese jugar con Edison.

Se ha quedado retenida en las gotas de agua y cloro que descienden por su espalda, en las semillas que vuelan después de soplar un deseo. Se ha quedado embelesada en ese beso de sol, en ese que empieza cuando se pone a la altura de sus ojos y termina cuando acaban de caer todos los crepúsculos. Ella se ha quedado colgando de las notas de los grillos y se ha sepultado en un féretro de lluvia de tormenta. Ella se ha quedado, esperando, otra vez...

A una luna que la recoja de madrugada y la lleve directa hacia el invierno. Sola, en el arcén de una carretera olvidada de asfalto aún humeante. Con una maleta llena de secretos y de folios que aspiran a ser novelas.

Y no se da cuenta de que ella no es la que espera, sino que la esperan a ella misma. Que no se resigna a aceptar que acabe ese beso de sol y que, para salir de ese féretro de lluvia, tiene que mojarse.

Así que sigue apagando y encendiendo su lamparita, con el eco de su voz revoloteando aún en sus oídos y el regazo dispuesto a recibirle, aun a sabiendas de que va a llegar tarde, de que le faltan, todavía, tres estaciones...

JC

viernes, 13 de septiembre de 2013

Navegar en un mar, sin rumbo.

En el fondo de un mar [ahora] en calma
se divisa el reflejo de una luna.
En él navega mi perdida alma,
buscando, no se dónde, fortuna.

No hay timón para guiarme,
solo una triste veleta.
Así que dejo que me guíe el aire,
esperando no hallar mas islas desiertas.


Jack.

viernes, 2 de agosto de 2013

Todos somos Dorian Gray.


El escaso pelo blanco, sin peinar, deja al descubierto la mayor parte de un cráneo envejecido, con manchas, y se permite caer en dos largas patillas junto a las sobresalientes orejas. Le miras las manos a ese pobre diablo, y ves que la piel ya cuelga de ellas de forma flácida, pálida, y que incluso la pelusa que las recubre es también canosa. Te imaginas tomando esas manos y, al punto, un escalofrío sacude tu columna. Su columna.

Pobre, pobre y viejo diablo. Sentado en una silla, con un elegante traje negro que parece más bien un disfraz. Como los ridículos impermeables que les ponen a los perros. La piel que esconde ese traje ya no sabe ni lo que la está cubriendo. No hay hombre en esa silla al que se pueda trajear. Su carne informe apenas puede sostenerse bajo la ropa, y se va cayendo silla abajo, como derritiéndose, como se escurre el magma bajo nuestras sólidas aceras. Es todo apariencia.

Sonríe, todavía tiene dentadura. Quiere hablar contigo, y lo hace con una voz sorprendentemente joven, aunque avinagrada. Te cuenta muchas cosas, pero no recuerdas una palabra. Solo sientes cómo el miedo emerge desde una semilla en tu estómago, y crece como se despereza una enorme serpiente, solo que dentro de ti. Y echa unas ramas desnudas y deshojadas que azotan y se meten entre tus costillas, y te arañan por debajo de la piel, hasta que envuelven tus pulmones y te asfixian. Mientras tanto, sus ojos saltones, azules, inyectados en sangre, mantienen presa a tu mirada de la suya. La angustia llega a la altura de tu corazón, pero no se digna a tocarlo, porque está sucio, viscoso, empapado, es venenoso incluso hasta para su veneno. Por un momento, deseas que esa serpiente y ese árbol que te ahogan se lo coman, lo estrujen, lo destrocen, para no sentir un latido más, una campanada más que sacuda los lagos de ponzoña de tu cuerpo.

Pobre, pobre diablo el que te mira.

De una patada, rompes el espejo, y en cada fragmento y esquirla, como en miniatura, ves al viejo levantarse y marcharse. Ya no está, ya se fue. Mientras recuperas el aliento, te estiras las mangas de la camisa y revisas sus gemelos. Acaricias tu traje negro para sacudirle el polvo y te levantas. Te habría gustado abrazar a ese pobre diablo, quitarle su disfraz, cortarle el pelo, meterle en la bañera, y cuidarlo, y convertirlo en un anciano dulce y filosófico. Pero, cada vez que piensas en tocarle, un escalofrío sacude tu columna. Ya es tarde, piensas. No merece la pena. No es real.

Tu cuerpo está perfectamente. Terso y joven. Y tu alma está encerrada en él, y no se ve, no es cosa suya. ¿Por qué aún tienes ganas de echarte a llorar como un niño? ¿por qué aún ves arrugas en tus manos, por qué ves aún tu alma desgastada en cada espejo?

Te mueres, lo sabes. Te estás matando tú solo. Alma y cuerpo, caricias y manos, cielo y alas. Inútiles los unos sin los otros.
Pero tú sigues pensando que son dos cosas distintas. Y cuando la voz de tu conciencia termine de envejecer y de morirse, y se apague, los latidos de tu corazón seguirán sacudiéndote, no te preocupes. Estarán ahí, como el eco vacío de un túnel solitario; como el apagado murmullo de un vagabundo en una noche de invierno; como el silbido constante de una máquina que alguien ha dejado encendida inútilmente.

JC