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martes, 13 de junio de 2017

Ángulo ciego

Hay quienes llevan un poema dedicado
sin saber que lo llevan,
sin haberlo leído, sin saber que fue escrito.

Lo llevan enmarcándoles el rostro,
aleteando alrededor de la mirada
para que no lleguen a verlo por los lados.

Lo llevan palpitando levemente
por los meses de invierno,
y alcanzan a escucharlo entre sus sueños.

Lo llevan en el ángulo ciego de su retrato,
a donde no pasaron nunca las caricias
de los amantes que no les escribieron:

Hay quienes nunca inspiraron un poema
y entonces es seguro que lo saben
y que se sienten huérfanos.

Quisiera escribirles poemas en secreto
a todos los que faltan
y que desde mis manos, fueran a perseguirlos.

JC

miércoles, 7 de junio de 2017

Otra oscuridad

Hay una forma de huir sin marcharse.

Es un camino en un punto, refractado entre los segundos. Serpentea por debajo de las manos cuando las dejamos adormilarse; buscan el tacto de las sábanas, de la hierba, se caen entre las minúsculas cuerdas que las componen. Primero tienes que dejar que la noche nos llene la boca de metáforas y que titilen las luces de los coches. No recuerdes las confesiones de madrugada; esas no están para invocarse.

Deja que se alargue la deshora, que languidezcan las palabras y se mueran los colores. Déjate enfriar, olvida tu nombre, que yo lo sostengo. Busca el silencio hasta que sientas el polvo bajar por las esquinas y en tu pecho retumbe el secreto de una catedral. Teme el abandono de tu cuerpo. La oscuridad da miedo; deja que te ronde.

Si abres los ojos antes de tiempo, no te besará.


Aguanta la respiración lenta del Universo, lee en sus labios la promesa lejana de los bosques. Contingencia. No comprendemos los hilos del paisaje, nos movemos por el tiempo que los cose.  

JC

viernes, 5 de mayo de 2017

El abrazo de una sombra.

Y entonces ella llegó
con un hambre atroz
y no dejó ni una luz.
Hasta el olor era negro.
Todavía oigo el eco,
entre todo este vacío viciado,
de mil gritos en una voz
que habla, y yo no entiendo,
con más furia que miedo.

Jack.

miércoles, 26 de abril de 2017

Saturday photo.

Te imagino sentada al borde de la cama, desalentada, desesperada por el contraluz de bloques de edificios colosales. Cuántos reflejos de ti se sentarán en camas parecidas, cuántos adosados a esa imagen, tan tristes, tan contaminadamente tristes, pensarán que no lo son, que son felices. Y que Madrid no es una incubadora, una camilla blanca sin desinfectante en la sala repetida de un hospital infinito.

Te veo enferma y tan cansada, que el sueño huye de ti, y se ha borrado de ti la dedicatoria de mi libro. Tus libros han perdido sus títulos, y conforme se alargan las sombras, se vuelve anaranjada la luz de las farolas, que los vuelve ilegibles. No recuperarán su sentido mañana, ni tampoco pasado.

Así te imagino en tu distanciamiento. Falta un mensaje, una llamada mía al final de este día, que ignorarás para no traicionar el estatismo de tu propia imagen. Podría razonar contigo para que me respondas. Montones de palabras. Turnos de semáforo, acelerones, humo, mala música ahogada. Verde, rojo, ceda el paso.

Te echo de menos. - Cuatro de la tarde. Ni me respondas nada. - Siete de la mañana.

Veo tu reflejo. Los pacientes en sus habitaciones de pisos unifamiliares. Pero yo no reflejo, soy opaca. ¿Puedes imaginarme? ¿Llegaste a conocerme? Montones de palabras. Soy opaca. Ya no puedes verme. Guardo a salvo del ruido todos nuestros secretos, y plegadas las canciones, para que no se ahoguen en tus cuatro paredes. Imagíname a oscuras.

Debajo de esa cama habrá alguna maleta. Dejarás a Madrid ensordeciéndote, ensordecida. Sin lo que se hayan inventado sobre mí. Dentro de un tiempo olvidarás por qué, qué te dijeron, o qué malinterpretaste. Y recordarás, espero que recuerdes, la grieta que mirabas al borde de la cama. Una grieta entre fachadas, y bloques de edificios colosales. Ni te describo, ni escribo para ti: el último reflejo dorado de un barrio de Madrid.


Me escribo a mí.

JC


viernes, 21 de abril de 2017

No son espejos, son puertas.

En la medina de Rabat compré un espejo con forma de puerta, hojas y pomo. La madera huele a humedad - “humedad” sirve para describir un mar gris, una pantalla de polvo, unos muros de adobe- y el cristal es tan basto que no refleja nada. Está sucio, o es opaco, me da igual.

Para mirarse en él, primero hay que colgarlo a la altura de los ojos -no habría una puerta ahí, de ninguna manera-, abrir las hojas y pasar un paño. La entrada es tan estrecha que, por ella, solo se asoma medio rostro. Quien se mira en él no puede peinarse, ni tan siquiera ponerse unos pendientes; quien lo usa no comprueba su apariencia, y antes de llegar a verse tiene que pasar por las piedras, los dibujos y los grabados que conforma el metal del dintel, o del marco.

No sé si es más frustrado el deseo de mirarse o de marcharse a alguna parte. Tampoco lo sabía la niña que corría por la mezquita de Córdoba, esperando estrellarse contra un pasillo de espejos que, mirados frente a frente, se multiplicaban. Ni siquiera sé por qué era tan decepcionante no verse, o por qué lo habría sido no poder correr, no atravesarlos.

Si colgara el espejo -si llegara a abrir las puertas-, no vería nada. Solo olería otra vez la medina de Rabat. Mantendré las puertas cerradas, el espejo sin colgar, para no sentir de nuevo la llamada del mar, la tracción dominante de las olas, las ganas de ahogarme, o de nadar. Para no asomarme al vacío infinito, al milagro del número; a las delicadas operaciones que nos contienen, sin explicarnos,y que simplemente son, sin que entendamos.


No veo. Corro.  

JC


domingo, 9 de abril de 2017

Tardes de domingo.

Tarde lluviosa, la niebla que invade las calles camufla las figuras de las personas al caminar.

La luz de un solitario bar se proyecta en la acera. No se ve a nadie en el interior, un desconocido decide pasar. El camarero, solo en la barra, esta secando unos vasos con un trapo, cuando ve al desconocido entrar:

- Buena tarde para tomar algo en soledad ¿Qué desea? – saludó el camarero.
- Un poco de inquietud en una vida usual.
- El agua que no fluye se estanca. Aquí tiene, ¿con hielo? – le respondió el camarero, ofreciéndole un vaso vacío.
- Sin. Bastante hondo me ha calado el agua de esta lluvia que no tiene fin.
- Eso ya lo veo en su atavío, sin embargo hay algo en su mirada que la lluvia no ha conseguido mojar– El camarero sacó un segundo vaso, llenando ambos con un licor espeso y oscuro. – le acompañaré su soledad con mi soledad.
- Será la esperanza de encontrar algo entre todo lo perdido – dijo el desconocido tomando un sorbo del licor.
- A veces hay que perder y perderse entre mil gotas de lluvia para encontrarse a uno mismo.
- Temo encontrarme con un monstruo dormido, ¿qué halló usted tras tantos vasos servidos?
- Mañanas de sueños por cumplir, tardes de encuentros entre viejos amigos, noches de insomnio que aún perduran. Sin embargo, veo que aquel niño dolido por su pasado, sigue buscando sentido en vez de disfrutar del camino.
- Y gracias a eso mantenemos este rito cada domingo.


Ami y Jack.

viernes, 31 de marzo de 2017

Metro

No quiero volver a casa.

En el ascensor, coincidiré conmigo
y tendré que mirarme durante cinco pisos,
y pensaré en todos los poemas que me escribo.

No quiero que el espejo del baño le responda,
la verdad no sabe bien a las seis de la mañana.

He aprendido a disfrutar -del rugido de un tren envejecido.-
De la mirada tibia de quien entra a trabajar
entre el día y la noche. Sus uniformes, lento desfile desganado de 
              [disfraces.

He aprendido a buscar el descanso rutilante en un hombro rectilíneo
por encima de una cama perfectamente plana, apetecible al muro
y a quien sabe quedarse dentro del cine blanco.

He aprendido a suscitar -que se pregunten si somos o no novios-
aunque a la gente que madruga le importe poco
y quien trasnocha dé por dado que lo somos.

He aprendido el arte -del maltrato a la costumbre-
y la contradicción, y la contraprudencia contra todo sentido
-que me dejen en paz, que me dejen en paz-.

He aprendido a deslizarme en la pantalla congelada de aire;
aunque me muerda las piernas, y me agriete la boca
sin que duela, porque no siente ni padece mi vestido elegante.

Añoro absurdamente a quien me ayude a no volver a casa
y prefiera convertir la calle en casa
con el ego hamletiano de fingir que sabe.-Sí, lee tú-

Y he aprendido a cantar ruido, a andar sin caminar,
a desvelarme agotada y a dormir sin sueños,
a bailar en la cama y a recibir insomne

la inevitable decepción del desenlace.

Que cuando llegue a casa – repetición cansina, fracaso inevitable-
escribiré tonterías en versículos
porque es la única manera de -ahora sí- mirarme:

Me difumina la belleza frágil de la pobreza,
de la consoladora suciedad de la noche.

JC


Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
"Contra Jaime Gil de Biedma."