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domingo, 20 de agosto de 2017

La mujer muerta

Hoy he llegado a ti.

Te he encontrado despierta, fingiendo que dormías, apurando la luz blanca en tu cama, escondida. He aprendido de memoria tus posturas, el dibujo de tus brazos doblados contra la almohada; la curva redonda de tu codo, y las caídas afiladas de tus manos. Qué larga, qué extensa eres; cómo arropas mi rostro entre la superficie suave de tu vientre. Cómo me hiela los dedos el agua rociada de tus curvas, qué frío es el beso contra la roca dura. Tus sábanas pinchan, crujen, y soplan; por ellas asoman las ramas espinosas. Quiero abrazarte tanto que trepo por tu cuello, y no te alcanzo, y tiro de tu pelo, y me enredo, y al asirme noto la tierra debajo de las uñas.

Déjame aquí, derrotada sobre ti, minúscula, en tu cama infinita. El Universo, redondo, se cifra en una línea; la tierra está encima y el cielo, debajo de mí. Renuncio a las coordenadas a cambio del enigma. Presiento el viento que viene a descubrirme desnuda, el viento que vibra por dentro de tu caja torácica. No escucho nada. Solo te siento a ti.

Por fin respondo a la lenta llamada de tu cuerpo, a la promesa muda de tu presencia. Eres mi único alivio, la anulación deseable de mi cuerpo. Me consuelas del miedo, del ruido; detienes el aire sofocante que me mueve, desprendes de mi piel el olor a mi piel. Me consuelas de la muerte y del vacío y de la vida; y me consolarás para siempre, porque tú sola existes, y yo me muero, me desvanezco sobre el suelo de un bosque más viejo que la muerte.

JC

martes, 25 de julio de 2017

Monte Misen

Te fuiste deshilvanando con las ramas
y las hojas de nombre desconocido.
Te quedaste ciego en las señales.
Se borró la huella de tu pie
en aquellos escalones infinitos.
Se puso el sol en la montaña y la sombra
atrapó tu sombra con su brazo de nubes.
Con los años, la humedad empapó tu pasaporte
y fue a tallarse tu nombre en la pared.

En el último templo que pisaste
al tiempo lo contienen paneles de papel
y una viajera se descalza en la tarima.
Entrega los zapatos, es una ofrenda al sueño.
Y en el silencio selvático y salvaje
pide permiso y se reconoce intrusa
de Occidente, del siglo y su ignorancia.

Ha venido a buscarte, a dibujarte
con el verde que ha acabado por erigir imperio.
Lleva el recuerdo detallado de tu cuerpo
para volver a construirlo y enseñárselo
a aquellos habitantes, mágicos y diminutos.
También lleva entrelazados en las manos
los hilos de tu miedo y tus secretos.
Y sabe cómo desatarlos de los árboles.

Desaparecer es volver a encontrarte.


JC


martes, 13 de junio de 2017

Ángulo ciego

Hay quienes llevan un poema dedicado
sin saber que lo llevan,
sin haberlo leído, sin saber que fue escrito.

Lo llevan enmarcándoles el rostro,
aleteando alrededor de la mirada
para que no lleguen a verlo por los lados.

Lo llevan palpitando levemente
por los meses de invierno,
y alcanzan a escucharlo entre sus sueños.

Lo llevan en el ángulo ciego de su retrato,
a donde no pasaron nunca las caricias
de los amantes que no les escribieron:

Hay quienes nunca inspiraron un poema
y entonces es seguro que lo saben
y que se sienten huérfanos.

Quisiera escribirles poemas en secreto
a todos los que faltan
y que desde mis manos, fueran a perseguirlos.

JC

miércoles, 7 de junio de 2017

Otra oscuridad

Hay una forma de huir sin marcharse.

Es un camino en un punto, refractado entre los segundos. Serpentea por debajo de las manos cuando las dejamos adormilarse; buscan el tacto de las sábanas, de la hierba, se caen entre las minúsculas cuerdas que las componen. Primero tienes que dejar que la noche nos llene la boca de metáforas y que titilen las luces de los coches. No recuerdes las confesiones de madrugada; esas no están para invocarse.

Deja que se alargue la deshora, que languidezcan las palabras y se mueran los colores. Déjate enfriar, olvida tu nombre, que yo lo sostengo. Busca el silencio hasta que sientas el polvo bajar por las esquinas y en tu pecho retumbe el secreto de una catedral. Teme el abandono de tu cuerpo. La oscuridad da miedo; deja que te ronde.

Si abres los ojos antes de tiempo, no te besará.


Aguanta la respiración lenta del Universo, lee en sus labios la promesa lejana de los bosques. Contingencia. No comprendemos los hilos del paisaje, nos movemos por el tiempo que los cose.  

JC

viernes, 5 de mayo de 2017

El abrazo de una sombra.

Y entonces ella llegó
con un hambre atroz
y no dejó ni una luz.
Hasta el olor era negro.
Todavía oigo el eco,
entre todo este vacío viciado,
de mil gritos en una voz
que habla, y yo no entiendo,
con más furia que miedo.

Jack.

miércoles, 26 de abril de 2017

Saturday photo.

Te imagino sentada al borde de la cama, desalentada, desesperada por el contraluz de bloques de edificios colosales. Cuántos reflejos de ti se sentarán en camas parecidas, cuántos adosados a esa imagen, tan tristes, tan contaminadamente tristes, pensarán que no lo son, que son felices. Y que Madrid no es una incubadora, una camilla blanca sin desinfectante en la sala repetida de un hospital infinito.

Te veo enferma y tan cansada, que el sueño huye de ti, y se ha borrado de ti la dedicatoria de mi libro. Tus libros han perdido sus títulos, y conforme se alargan las sombras, se vuelve anaranjada la luz de las farolas, que los vuelve ilegibles. No recuperarán su sentido mañana, ni tampoco pasado.

Así te imagino en tu distanciamiento. Falta un mensaje, una llamada mía al final de este día, que ignorarás para no traicionar el estatismo de tu propia imagen. Podría razonar contigo para que me respondas. Montones de palabras. Turnos de semáforo, acelerones, humo, mala música ahogada. Verde, rojo, ceda el paso.

Te echo de menos. - Cuatro de la tarde. Ni me respondas nada. - Siete de la mañana.

Veo tu reflejo. Los pacientes en sus habitaciones de pisos unifamiliares. Pero yo no reflejo, soy opaca. ¿Puedes imaginarme? ¿Llegaste a conocerme? Montones de palabras. Soy opaca. Ya no puedes verme. Guardo a salvo del ruido todos nuestros secretos, y plegadas las canciones, para que no se ahoguen en tus cuatro paredes. Imagíname a oscuras.

Debajo de esa cama habrá alguna maleta. Dejarás a Madrid ensordeciéndote, ensordecida. Sin lo que se hayan inventado sobre mí. Dentro de un tiempo olvidarás por qué, qué te dijeron, o qué malinterpretaste. Y recordarás, espero que recuerdes, la grieta que mirabas al borde de la cama. Una grieta entre fachadas, y bloques de edificios colosales. Ni te describo, ni escribo para ti: el último reflejo dorado de un barrio de Madrid.


Me escribo a mí.

JC


viernes, 21 de abril de 2017

No son espejos, son puertas.

En la medina de Rabat compré un espejo con forma de puerta, hojas y pomo. La madera huele a humedad - “humedad” sirve para describir un mar gris, una pantalla de polvo, unos muros de adobe- y el cristal es tan basto que no refleja nada. Está sucio, o es opaco, me da igual.

Para mirarse en él, primero hay que colgarlo a la altura de los ojos -no habría una puerta ahí, de ninguna manera-, abrir las hojas y pasar un paño. La entrada es tan estrecha que, por ella, solo se asoma medio rostro. Quien se mira en él no puede peinarse, ni tan siquiera ponerse unos pendientes; quien lo usa no comprueba su apariencia, y antes de llegar a verse tiene que pasar por las piedras, los dibujos y los grabados que conforma el metal del dintel, o del marco.

No sé si es más frustrado el deseo de mirarse o de marcharse a alguna parte. Tampoco lo sabía la niña que corría por la mezquita de Córdoba, esperando estrellarse contra un pasillo de espejos que, mirados frente a frente, se multiplicaban. Ni siquiera sé por qué era tan decepcionante no verse, o por qué lo habría sido no poder correr, no atravesarlos.

Si colgara el espejo -si llegara a abrir las puertas-, no vería nada. Solo olería otra vez la medina de Rabat. Mantendré las puertas cerradas, el espejo sin colgar, para no sentir de nuevo la llamada del mar, la tracción dominante de las olas, las ganas de ahogarme, o de nadar. Para no asomarme al vacío infinito, al milagro del número; a las delicadas operaciones que nos contienen, sin explicarnos,y que simplemente son, sin que entendamos.


No veo. Corro.  

JC